Honras fúnebres

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Estuvieron todos allí, desde el mayor hasta el más chico; los biológicos y los “entenados” con esto terminaba una etapa para todos, una etapa en que se habían acostumbrado a obedecer, empezaba una nueva para todos, tenían que sobrevivir sin ella.

Mamita era la matriarca, la que dominaba, al verla parecía que no mataba una mosca, pero al momento de ver algo que no estaba correcto (según sus parámetros) bastaba con que te viera entornando los ojos y su semblante cambiaba de una dulce abuelita a la más temible de las matronas.  El ceño fruncido, una mirada de reojo, una sonrisa de medio lado, hacía temblar al más valiente, al más “arrecho”, es que era una mujer tenaz, con un temperamento de colérico y un carácter fuerte.

De más está recordar las veces que hizo valer su voluntad y la posición de jerarca de esa familia que se había ganado a fuerza de sangre, sudor y lágrimas; claro no de ella.

Al nacer su segundo hijo, decidió que todos -incluso su marido – le debían llamar “Mamita”, en señal de cariño, aunque realmente era para reafirmar que ella era la que mandaba, la que llevaba las riendas de esa familia, quien la sacó adelante, era una negociante nata, se le daba fácilmente el lograr acuerdos.

Crío a sus hijos a su manera, todos profesionales universitarios, les dio negocio a cada uno y  a todos les buscó pareja, a los hombres los casó con mujeres sumisas, pero educadas y de familias pudientes, a las mujeres con hombres exitosos; todos a SU altura.

Enfermó, tanta dureza le pasó con los años factura, el cáncer invadió su cuerpo, rompió su fortaleza y terminó ganando la batalla, ni los más sofisticados tratamientos la salvaron, todo terminó un soleado día de agosto.

Llegaron todos, unos la lloraron sinceramente, otros llegaron solo para asegurarse que sí, que sí había muerto y que no se levantaría, otros para saber si había herencia y si les tocaría algo.

Así fue su vida por pocos amada, por muchos temida, por todos respetada; la recordarán así, como cuando había necesidad y ella salía al rescate, no sin antes condicionar su ayuda, o como cuando hacía las grandes celebraciones en su casa, todo era perfecto, gamonal siempre, todo sobre  abundaba, o como cuando alguien la traicionaba, esos no tan pocos que no se atreverían ni a llegar a su funeral, hasta muerta le temían.

Pocas palabras para ella, muchos esperando como buitres… descanse en paz “Ma-mi-ta”…

Lorelaritos. Publicado desde WordPress para Android

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